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Guayaquil-Bogotá | Entre recuerdos, burocracia y selva: cuando el viaje también es hacia adentro

Esta etapa está dedicada a la memoria de mi amigo Claudio Cestaro

Día 1 – Llegada a Guayaquil

Llegué a Guayaquil con las valijas cargadas… pero no solo de ropa.
Venía con las valijas de la Africa Twin.
La moto había volado el día anterior.
La Norden… bueno… ya era historia. Rumbo a Miami.

Esta etapa arrancaba diferente.

Directo desde el aeropuerto me fui a Aduana. Primer round.
Y como era de esperar… nada iba a ser simple.
Papeles, ventanillas, firmas, sistemas que no funcionan, gente que “no está”, mails que “no llegan”… el combo latinoamericano completo.

Pero había algo a favor: era lunes.
Tenía toda la semana para pelearla.

Dejé todo encaminado, o eso creía y tomé una decisión que venía postergando hace años.

Alquilé un auto… y me fui a Montañita.

Ese lugar lo tenía en la cabeza desde que pensé este viaje allá por 2007.
Era una parada obligatoria.

Y también era una promesa…

A Claudio.

No llegué a hacerlo con él…
pero en ese momento, en esta etapa, lo sentí más presente que nunca.
No como un recuerdo… sino como compañía. Como si este tramo no lo estuviera haciendo solo.
Como si, de alguna manera, él también estuviera arriba de la moto.

Día 2 y 3 – Montañita

“Presencia”

Montañita no decepciona.

Es de esos lugares donde el tiempo baja dos cambios sin pedir permiso.
Arena, surf, calor húmedo, música de fondo, y esa energía medio hippie, medio fiestera… pero auténtica.

Me quedé en un hotelito rústico, frente al mar.
El sonido constante de las olas, el viento moviendo las palmeras, la sal en el aire.

Días de hamaca, de silencio, de pensar.

Pero sobre todo… de sentir.

Claudio estaba ahí.

En cada momento.
En cada pausa.
En cada decisión que me había traído hasta este viaje.

En esas horas largas mirando el mar, entendí algo:
el viaje no siempre es avanzar…
a veces es frenar para poder seguir.

No fue turismo.
Fue pausa.
Fue conexión.
Fue agradecer.

Día 4 y 5 – Guayaquil

“Bienvenido al sistema”

Volví a Guayaquil listo para terminar los trámites.

Spoiler: no.

Nada es fácil. Nada es rápido. Y siempre puede complicarse más.

Problema 1: la Norden todavía figuraba activa en Ecuador → no podía entrar otra moto.
Problema 2: sistemas que no responden.
Problema 3: emails que “no llegaron”.
Problema 4: paciencia… al límite.

Fueron dos días enteros corriendo de oficina en oficina, explicando lo inexplicable.
Entrar y salir de edificios, repetir historias, esperar respuestas que no llegan.

Pero también, en medio de todo eso, había algo que me mantenía en eje.

La sensación de que tenía que seguir.

Hasta que finalmente… viernes, 7 PM.

Me liberan la moto.

De noche.

Ahí mismo, en la puerta del depósito, empezó el show:
caja de madera, herramientas, tornillos…
saqué el taladro que había traído (sí, nivel obsesión total), armé todo pieza por pieza.

Le había dejado batería, aceite y algo de nafta.

Giré la llave…
y arrancó.

Ese momento… no se negocia.

No era solo una moto arrancando.
Era el viaje volviendo a latir.

Salí andando directo al hotel.
Misión cumplida (por ahora).

Esa noche, para bajar un poco la revolución, me fui a caminar por Las Peñas…
y subí los 444 escalones del Cerro Santa Ana.

Uno por uno.
Como el viaje.

Día 6 – Reencuentros

“Los caminos siempre cruzan gente”

Llegó Santi.

Y con él, volvió la dinámica del viaje.
La charla, las decisiones compartidas, el ritmo de dos.

Pero el día tenía sorpresa:

Mati, mi amigo de Miami, estaba en Guayaquil con su familia.

Nos encontramos, nos subimos al auto y salimos a cenar.
Su mujer, local, nos llevó a lugares espectaculares.

De esas noches que no estaban en el plan…
pero terminan siendo de las mejores.

Buena comida, buenos tragos, buenas historias.

Y otra vez esa sensación:

el viaje no es solo el camino…
es la gente que aparece…
y la que, aunque no esté, sigue presente en cada paso.

Día 7 – Guayaquil → Quevedo

“Subiendo otra vez”

Arrancamos.

Dejamos atrás el calor pesado de la costa, ese calor que te envuelve
y empezamos a subir.

El paisaje cambia rápido:
verde intenso, humedad, plantaciones interminables, rutas que serpentean entre la vegetación.

Ecuador tiene eso: en pocas horas te cambia el mundo.

Dormimos en Quevedo, en un club social y deportivo que parecía detenido en el tiempo.

Literal.

Muebles coloniales, decoración antigua…
todo medio surrealista, como si el lugar no se hubiera enterado de que pasaron los años.

Pero perfecto para cortar el día.

Día 8 – Quevedo → Ipiales

“Frontera… otra vez”

Día largo.

Montaña, curvas, camiones, algo de lluvia.
Y ese frío que vuelve a aparecer cuando ganás altura.

Los Andes otra vez ahí.

Imponentes.
Familiares.
Desafiantes.

La frontera con Colombia… como era de esperar.

Lenta.
Larga.
Innecesariamente complicada.

Lo que debería ser simple… lo convierten en una odisea burocrática.

Pero ya no desespera.
Ya lo entendés.
Es parte del viaje.

Cruzamos.

Dormimos en Ipiales, pegados a la frontera.
Con esa mezcla de cansancio y satisfacción.

Y con la sensación de estar entrando en una nueva etapa… otra vez.

Día 9 – Ipiales → Popayán

“Postales y advertencias”

Arrancamos y Colombia nos dio la bienvenida como sabe hacerlo:

caminos increíbles.

Curvas perfectas, selva, montaña… un espectáculo constante.

En una de esas curvas, algo raro.

Una grúa antigua al costado del camino.

Paramos.

Estaban sacando un auto de un barranco, caído hacia un arroyo de montaña.
Por suerte, el conductor estaba bien. Solo fierros.

Un recordatorio más de lo fino que es el límite.

Seguimos.

Más adelante, paramos a comer en un lugar… dudoso.
Error. Sigamos.

Llegamos a Popayán.

Y ahí todo cambia.

Dicen que es la ciudad colonial mejor conservada de América… y no exageran.

Blanco por todos lados.
Calles de piedra.
Orden. Limpieza.

Esa noche cenamos increíble.
Después, una cantina recomendada.

Entramos… y era un templo del tango.

Gardel en las paredes.
Vinilos por todos lados.
Tangos sonando.

Y ahí, en medio de Colombia… otra vez Argentina.

Y otra vez… recuerdos.

Día 10 – Popayán → Pereira

“Perdidos”

El GPS decidió jugar.

Y ganó.

Saliendo de Popayán nos metió en un camino de ripio…
pero no un ripio normal.

Montaña cerrada.
Subidas, bajadas, barro, piedra.

Tres horas adentro.
Sin señal.
Sin referencias.

El GPS no ayudaba.
La gente tampoco sabía explicar cómo salir.

Parecía un loop.
Un juego.

Y no uno divertido.

Pero en esos momentos… también aparece algo.

Paciencia.
Instinto.
Y esa voz interna que te dice: seguí.

Después de vueltas, intentos, y algo de intuición… encontramos una salida.

Casualidad o suerte.

Llegamos a Pereira.

Ahí sí: ducha, comida…
y ese alivio simple que vale oro.

Día 11 – Pereira → Bogotá

“Cada uno su camino”

Último día.

Decisión.

Santi seguía a Medellín, a ver amigos.
Yo… vuelta a Miami.

Mi hermano llegaba el fin de semana.
Y ya llevaba dos semanas en la ruta.

Así que encaré solo hacia Bogotá.

No eran tantos kilómetros…
pero eran densos.

Curvas.
Tráfico.
Túneles que se abren y se cierran.
Ritmo pesado.

Pero los paisajes… nunca fallan.

Llegué de noche.

Cansado.
Pero con esa sensación que no se explica.

Última parada en Sudamérica… por ahora.

Al día siguiente: trámites.
La moto lista para volar a Panamá.

Y ahí quedarse… esperando.

Porque esto no terminó.

Solo… está en pausa.

Y en el fondo, sabiendo que en cada kilómetro…
algunos viajes no se hacen solo.

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